We Carry Our Abuelas in Our Care
By Jacoba; a midwife and Santiguadora walking with the memory of many hands
There are moments in my work when I feel something bigger than myself move through the room—when a soft prayer rises to my tongue without effort, or my hands instinctively reach for an herb my grandmother once used. In those moments, I know: as healers, we carry our abuelas in our care.
We carry them in how we touch, in what we listen for, in how we feed, comfort, and hold people through birth, loss, pleasure, and return.
We carry them in our ability to show up tenderly at the edge of someone’s grief.
We carry them when we choose patience over urgency, connection over protocol, ritual over routine.
For many of us from Mesoamerican, Caribbean, Abya Yala, and other Indigenous diasporas, this kind of care didn’t begin in hospitals or clinics. It began in kitchens, backyards, hillsides, and small wooden houses where healing was whispered, not named. It began with women who never called themselves healers because they didn’t need to. They just knew.
Santiguadería is a prayer that moves through the body
The tradition of santiguadería—of blessing, clearing, and anointing—is one of the ways we have always cared for each other. It is a quiet lineage passed through the women in our families, sometimes openly, sometimes in secret.
We Santiguadoras use prayers, herbs, oils, smoke, and touch to bring balance to the body and spirit. We rub out mal de ojo, ease grief that has settled in the chest, and help the soul return to the body after trauma. We offer small rituals that say: you are not alone in this.
What I love about this practice is how ordinary and sacred it is at once. There is no performance. There is no rush. There is just presence. There is just love.
Cuarentena and the radical practice of stillness
In the aftermath of birth, our ancestors gave us Cuarentena: a period of rest and ritual that says, your body is sacred and deserves time to return to itself.
Not everyone today can take 40 days of rest. Many of us are far from the communities or structures that made this possible. But I’ve seen how even small gestures—a warming broth, a foot soak, a Sobada, a prayer at the closing of the bones—can transform the postpartum experience.
These are not luxuries. They are forms of remembering.
They are invitations to come home to the body after it has done something miraculous and terrifying all at once.
Whether someone is healing from a birth, an abortion, a miscarriage, or another major life transition, I return to these teachings. I let them guide me. I offer what I can with reverence and without urgency.
Modern needs, ancestral wisdom
Today, I serve many kinds of people: those seeking fertility support, sexual wellness, postpartum healing, different experiences and outcomes of pregnancy, and transitions or end-of-life companionship. I sit with grieving parents. I listen to folks navigating big life changes. I work with queer families, single parents, and elders whose stories echo the voices of my own.
And always, I carry my abuelas with me.
I might use a stethoscope—but I also burn herbs.
I might chart a cycle—but I also ask what the dreams have been saying.
I might talk about hormones—but I also talk about grief, about espanto, about what the soul might be needing.
There’s no separation in this kind of care. The clinical and the spiritual belong together, just as the past and the future do.
Living in the between
I am both a midwife and a Santiguadora. I am a daughter of the diaspora. I live in the in-between.
Sometimes I wish I had more formal training in the old ways beyond inheriting my knowledge from a matriarchal lineage of healers. Sometimes I wish I had a full circle of elders behind me, laying hands on my back as I work. But more often, I feel them there anyway—in the quiet moments, in the way someone exhales after a blessing, in the unexpected tears that come during a bodywork session.
This is how I know the lineage is alive.
This is how I know we are doing it right.
For those of you who are remembering
To those reclaiming ancestral practices: go gently.
To those feeling unsure if they’re “doing it right”: trust that your body remembers.
To those offering care from a place of deep listening: thank you.
And to those of us who carry our Abuelas in our care—may we continue to walk with reverence. May we continue to blend herbs and science, ritual and reason. May we continue to bring warmth, sacredness, and slowness back into a world that too often forgets how powerful they are.
Because we are not starting something new.
We are continuing something ancient.
And we are doing it, beautifully, in their name.
Jacoba
(Published on June 25 at Heartwood Healing Center)
SPANISH
Llevamos a nuestras Abuelas en nuestro cuidado
5 de julio
Por Jacoba; partera y santiguadora que camina con la memoria de muchas manos
Hay momentos en mi trabajo en los que siento que algo más grande que yo se mueve por la habitación—cuando una oración suave llega a mi lengua sin esfuerzo, o cuando mis manos buscan instintivamente una hierba que mi abuela solía usar. En esos momentos lo sé: como sanadoras, llevamos a nuestras abuelas en nuestro cuidado.
Las llevamos en la forma en que tocamos, en lo que aprendemos a escuchar, en cómo alimentamos, acompañamos y sostenemos a las personas a través del nacimiento, la pérdida, el placer y el regreso.
Las llevamos en nuestra capacidad de presentarnos con ternura al borde del dolor de alguien.
Las llevamos cuando elegimos la paciencia sobre la urgencia, la conexión sobre el protocolo, el ritual sobre la rutina.
Para muchas de nosotras, provenientes de diásporas mesoamericanas, caribeñas, de Abya Yala y otros pueblos indígenas, este tipo de cuidado no comenzó en hospitales ni en clínicas. Comenzó en cocinas, patios, laderas y pequeñas casas de madera, donde la sanación se susurraba, no se nombraba. Comenzó con mujeres que nunca se llamaron sanadoras porque no lo necesitaban. Simplemente sabían.
La santiguadería es una oración que se mueve a través del cuerpo
La tradición de la santiguadería—de bendecir, limpiar y ungir—es una de las formas en que siempre nos hemos cuidado entre nosotras. Es un linaje silencioso que se transmite entre las mujeres de nuestras familias, a veces de manera abierta, a veces en secreto.
Las santiguadoras usamos oraciones, hierbas, aceites, humo y el tacto para devolver el equilibrio al cuerpo y al espíritu. Quitamos el mal de ojo, aliviamos el duelo que se ha asentado en el pecho y ayudamos al alma a regresar al cuerpo después del trauma. Ofrecemos pequeños rituales que dicen: no estás sola en esto.
Lo que amo de esta práctica es lo ordinaria y sagrada que es al mismo tiempo. No hay espectáculo. No hay prisa. Solo hay presencia. Solo hay amor.
La Cuarentena y la práctica radical de la quietud
Después del nacimiento, nuestras ancestras nos legaron la Cuarentena: un periodo de descanso y ritual que afirma que el cuerpo es sagrado y merece tiempo para volver a sí mismo.
Hoy en día, no todas las personas pueden tomar cuarenta días de reposo. Muchas vivimos lejos de las comunidades o estructuras que hacían esto posible. Pero he visto cómo incluso gestos pequeños—un caldo caliente, un baño de pies, una sobada, una oración al cerrar los huesos—pueden transformar la experiencia del posparto.
Esto no son lujos. Son formas de recordar.
Son invitaciones a volver a casa en el cuerpo después de que ha hecho algo milagroso y aterrador al mismo tiempo.
Ya sea que alguien esté sanando después de un nacimiento, un aborto, una pérdida gestacional u otra gran transición de vida, regreso a estas enseñanzas. Dejo que me guíen. Ofrezco lo que puedo con reverencia y sin urgencia.
Necesidades modernas, sabiduría ancestral
Hoy acompaño a personas muy diversas: quienes buscan apoyo para la fertilidad, el bienestar sexual, la sanación posparto, distintas experiencias y desenlaces del embarazo, así como transiciones o acompañamiento al final de la vida. Me siento con madres y padres en duelo. Escucho a quienes atraviesan grandes cambios vitales. Trabajo con familias queer, personas que crían solas y personas mayores cuyas historias resuenan con las voces de las mías.
Y siempre llevo a mis abuelas conmigo.
Puede que use un estetoscopio—pero también quemo hierbas.
Puede que registre un ciclo—pero también pregunte qué han estado diciendo los sueños.
Puede que hable de hormonas—pero también hablo de duelo, de espanto, de lo que el alma pueda estar necesitando.
En este tipo de cuidado no hay separación. Lo clínico y lo espiritual pertenecen juntos, así como el pasado y el futuro.
Vivir en el entre-medio
Soy partera y santiguadora. Soy hija de la diáspora. Vivo en el entre-medio.
A veces deseo tener una formación más formal en los saberes antiguos, más allá de haber heredado este conocimiento de un linaje matriarcal de sanadoras. A veces desearía tener un círculo completo de ancianas detrás de mí, poniendo sus manos en mi espalda mientras trabajo. Pero más a menudo, las siento ahí de todos modos—en los momentos de silencio, en el suspiro que alguien suelta después de una bendición, en las lágrimas inesperadas que aparecen durante una sesión de trabajo corporal.
Así es como sé que el linaje está vivo.
Así es como sé que lo estamos haciendo bien.
Para quienes están recordando
A quienes están reclamando prácticas ancestrales: vayan con suavidad.
A quienes dudan si lo están “haciendo bien”: confíen en que el cuerpo recuerda.
A quienes ofrecen cuidado desde una escucha profunda: gracias.
Y a quienes llevamos a nuestras abuelas en nuestro cuidado—que sigamos caminando con reverencia. Que sigamos entrelazando hierbas y ciencia, ritual y razón. Que sigamos devolviendo el calor, lo sagrado y la lentitud a un mundo que con demasiada frecuencia olvida cuán poderosos son.
Porque no estamos comenzando algo nuevo.
Estamos continuando algo antiguo.
Y lo estamos haciendo, bellamente, en su nombre.
Jacoba
(Publicado el 25 de junio en Heartwood Healing Center)