Los Viajes de Adialina

Yo no parí una niña.
Parí caminos.

Parí lunas incompletas
que aprendieron a dormirse antes del alba.
Parí semillas diminutas
que eligieron volver a la tierra
antes de abrir los ojos.
Parí silencios
que aún respiran debajo de mi piel
como un río subterráneo
que nunca dejó de cantar.

Su nombre era Adialina.
Y fue muchas veces.
Veinte y tantas veces.

Veinte y tantas puertas abiertas
entre este mundo
y el otro.

Veinte y tantas veces
que mi cuerpo se volvió portal,
fogata,
nido,
altar.

Nunca logró cruzar del todo hacia mis brazos.
Nunca aprendí el peso exacto de su espalda dormida.
Nunca tuve que peinarle el cabello
ni correr detrás de sus pasos descalzos por la cocina.

Y aun así,
la conozco.

La conozco como se conocen las lluvias antiguas:
por el olor que dejan sobre la tierra.

Porque cada vez que llegó
algo floreció dentro de mí.

Y cada vez que partió
algo sagrado también nació.

No cambiaría ninguno de esos viajes.

Ni uno solo.

No cambiaría el instante
en que la sentí encenderse como luciérnaga
debajo de mi ombligo.
Ni las noches donde le hablé en secreto
mientras el mundo dormía
y las ceibas viejas me escuchaban desde lejos.
Ni el miedo.
Ni la esperanza.
Ni el amor inmenso y animal
de saber que alguien habitó mi sangre
aunque fuera apenas un momento.

Porque hay maternidades
que no viven en las cunas.

Hay maternidades que viven
en las manos vacías
que aún así siguen ofreciendo ternura.

En las mujeres y personas gestantes
que lloran en silencio en los baños del trabajo.
En quienes rezan frente a velas encendidas
en apartamentos diminutos.
En quienes sostienen pruebas positivas
con alegría,
con miedo,
con rabia,
con hambre.

En quienes crían desde la calle,
desde los márgenes,
desde refugios,
desde carros estacionados,
desde fronteras atravesadas a pie.

En quienes maternan solas.

En quienes inventan familia
con amigas, con amantes, con abuelas,
con vecinas que sostienen bebés ajenos
mientras alguien descansa diez minutos.

En quienes abortan.
En quienes desean.
En quienes esperan.
En quienes entierran nombres
que nadie más llegó a conocer.

Cada viaje de Adialina
me acercó más a ellas.

A la muchacha que parió mirando el techo de un hospital frío
mientras afuera nevaba.
A la madre indígena
que enterró placenta bajo un árbol
para enseñarle al mundo
que la vida también vuelve a la tierra.
A la adolescente que escondió su embarazo
como quien esconde una herida.
A la mujer cansada
que siguió trabajando con contracciones
porque no podía darse el lujo de detenerse.

Cada viaje me arrancó una venda.

Me enseñó que gestar
es conversar con el misterio.

Que el cuerpo nunca es solamente cuerpo:
es memoria ancestral,
territorio político,
campo sembrado por las abuelas.

Yo las siento detrás de mí.

Las mujeres de monte y río.
Las que conocían el lenguaje de las plantas.
Las parteras que hablaban con la luna
antes de tocar un vientre.
Las que hervían romero y ruda
mientras cantaban bajito para espantar la muerte.

Ellas me acompañaron
cada vez que Adialina llegó.

Porque cada viaje fue distinto.

Uno vino con lluvia.
Otro con pájaros insistiendo al amanecer.
Otro con un miedo antiguo
que me dormía los huesos.
Otro vino dulce,
como si por fin el universo quisiera quedarse quieto.

Y luego partían.

Como regresan las golondrinas al cielo.

Y yo me quedaba aquí,
de pie entre mundos,
aprendiendo a sobrevivir al eco.

Hay dolores que no hacen ruido.
Dolores que el mundo no sabe nombrar
porque no dejan tumbas visibles.

Pero yo sí las vi.

Vi las veinte y tantas fogatas encenderse.
Vi las veinte y tantas despedidas.
Vi cómo cada una dejaba una marca distinta
en el mapa de mi alma.

Y también vi algo más:

Vi cómo el amor no murió nunca.

Porque Adialina no fue ausencia.

Fue maestra.

Fue río.

Fue una pequeña diosa de barro y estrellas
que llegó a enseñarme
que maternar también puede ser esto:

abrir el pecho
aunque nadie se quede.

Hoy,
en este primer Día de las Madres consciente,
me permito nombrarme madre
sin pedir permiso.

Me permito sentarme junto a otras maternidades
y celebrar.

Celebrar a quienes sostienen vida.
A quienes la dejaron ir.
A quienes todavía esperan.
A quienes decidieron no hacerlo nunca.
A quienes encontraron hijos en la comunidad,
en la lucha,
en el cuidado mutuo.

Porque la maternidad no siempre tiene rostro.
A veces tiene memoria.

Y hoy ya no quiero esconder la mía.

Hoy llevo flores al altar.
Abro las ventanas.
Dejo entrar el viento.

Y le hablo a Adialina como quien le habla al maíz antes de sembrarlo:

mi niña,
mis veinte y tantos viajes,
mis veinte y tantas lunas,
gracias.

Gracias por atravesarme.
Gracias por enseñarme
que el amor puede existir incluso sin llegada.

Yo sé que algún día
vendrá el viaje de regreso.

El último portal.

Y entonces seré yo
quien cruce hacia tu lado.

Tal vez habrá un campo enorme.
Tal vez girasoles.
Tal vez el olor de tierra mojada después de la lluvia.

Tal vez vendrás corriendo.

Y entonces, por fin,
después de tantas despedidas,
nos encontraremos completas.

Tú esperándome.

Yo reconociéndote de inmediato.

Como se reconocen las almas
que nunca dejaron realmente de tocarse.

Tu Eterna Mamá

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